
¡Te tengo miedo, anciano Marinero!
Me da miedo tu mano descarnada;
Y además eres larguirucho, y flaco, y muy tostado
como lo es la ondulada arena del Mar.
Te temo a ti y a tus ojos relucientes
y a tu mano descarnada tan oscura—
¡No temas, no temas, invitado de la boda!
Que no cayó sin vida este cuerpo.
Solo, solo, en verdad completamente solo
solo en la ancha inmensidad del Mar;
y Cristo no habría de tener compasión
de mi alma en agonía.
¡Tantos hombres tan hermosos,
y todos ellos yacían muertos!
Y un millón de millones de cosas repugnantes
seguían vivas—como yo.
Miré hacia el Mar putrefacto,
y al instante retiré los ojos;
miré hacia la cubierta fantasma,
y allí yacían los muertos.
Miré al Cielo, e intenté rezar;
mas en cuanto había terminado una oración,
un susurro maligno me alcanzaba y me volvía
el corazón tan seco como el polvo.
Cerré los párpados y los mantuve bien cerrados,
hasta que los globos de los ojos me latían intensamente;
porque el cielo y el mar, y el mar y el cielo
sobre mis ojos cansados pesaban como una carga insoportable,
y los muertos estaban a mis pies.
El sudor frío se fundía en sus cuerpos:
ni se descomponían, ni apestaban;
la mirada con la que me contemplaban,
nunca jamás se me ha olvidado.
SAMUEL TAYLOR COLERIDGE
Me da miedo tu mano descarnada;
Y además eres larguirucho, y flaco, y muy tostado
como lo es la ondulada arena del Mar.
Te temo a ti y a tus ojos relucientes
y a tu mano descarnada tan oscura—
¡No temas, no temas, invitado de la boda!
Que no cayó sin vida este cuerpo.
Solo, solo, en verdad completamente solo
solo en la ancha inmensidad del Mar;
y Cristo no habría de tener compasión
de mi alma en agonía.
¡Tantos hombres tan hermosos,
y todos ellos yacían muertos!
Y un millón de millones de cosas repugnantes
seguían vivas—como yo.
Miré hacia el Mar putrefacto,
y al instante retiré los ojos;
miré hacia la cubierta fantasma,
y allí yacían los muertos.
Miré al Cielo, e intenté rezar;
mas en cuanto había terminado una oración,
un susurro maligno me alcanzaba y me volvía
el corazón tan seco como el polvo.
Cerré los párpados y los mantuve bien cerrados,
hasta que los globos de los ojos me latían intensamente;
porque el cielo y el mar, y el mar y el cielo
sobre mis ojos cansados pesaban como una carga insoportable,
y los muertos estaban a mis pies.
El sudor frío se fundía en sus cuerpos:
ni se descomponían, ni apestaban;
la mirada con la que me contemplaban,
nunca jamás se me ha olvidado.
SAMUEL TAYLOR COLERIDGE
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